martes, 8 de febrero de 2011

Olga, Salva y Rogelio

Esta historia, que voy a contar aquí, otra vez, me la han contado sin ninguna malicia, y soy yo, la mente retorcida, la que le pone el punto demoníaco, el punto Rogelio (véase Alberto Montt).

Pero claro, qué sería del mundo sin infierno. ¡Hasta Benedicto nos lo ha devuelto!

Bueno, pues al tajo: Pongámonos en antecedentes, Pamplona, ciudad, digamos pelín especial. Ya, ella, un poco especial, con el tema de lo que es, donde está, quién nació, donde están una buena mayoría. Bueno, yo que se, es un poco complicado, pero Pamplona es una ciudad...digamos...como dios manda.

Dentro de Pamplona, una mujer, pongámosle Olga, buena mujer, fervorosa madre y esposa. Buena cristiana, de misa diaria. Una mujer feliz...

O no...¡yo que sé! Eso, en el fondo, nos la pela. Dos niñas preciosas, de 8 y 9 años. Bueno, ahora ya no. Esta historia, empieza 4 años atrás, con lo que las niñas, hoy en día, tienen 13, es decir, en plena efervescencia adolescente. Las niñas, cuando la historia, estaban tiernas, digo....listas para llevar su primera comunión (aka hostia).

Olga, madre ejemplar, de las que se ofrecen voluntarias a cantar cantar en el coro, porque el páter, pongámosle, Salvador (Salva, con confianza que el Concilio nos ha unido), ha pedido buenas voces, y también, ¡cómo no!, de las que van voluntarias a por la primera lectura, los salmos responsoriales, y a echar una mano con un mantel bordado para la mesa del altar.

Olga pensó que sus hijas querrían hacer la comunión, para lo cual Salvador (Salva, con confianza), se ofreció como catequista ejemplar, donando su tiempo y su buen hacer, para que las niñas encontrasen en el sacrificio de cristo una fuente de inspiración sin par. Un camino.

Cada jueves, y cada domingo, en Pamplona, las niñas iban a catequesis, y Olga, las iba a buscar. Con su ropa interior de "cruzado mágico", de color carne, sus braguitas de cintura alta, tan alta, que tapan sobradamente el ombligo. Sus faldas por debajo de la rodilla y sus pensamientos piadosos.

Salvador comentaba que las niñas iban fenomenal en la catequesis, y que daba gusto hacerles ver que cristo era el camino, la verdad y la vida para ella y para las otras niñas. Olga, miraba a Salvador (Salva, con confianza) con ojos tiernos, con los ojos de la feligresa que, en Pamplona, ciudad sin igual, donde casi todo el mundo lleva las bragas de color carne, sigue las directrices que su párroco le dicta.

Ahora, amigo lector, entra Rogelio en acción. Rogelio, el del círculo atávico en el mini-cuerno. El que la lía parda por placer. El que le da el punto de picante a la vida.

Quiero, amigo lector, que dejes pasar 3 meses tras la comunión de las niñas de Olga, y que me pidas,...me implores...¡dónde está el picante de la historia!

Pues aquí va. No te haré esperar. Olga se tiró encima de Salva, y le dijo que se moría por sus putos huesos. Le dijo a la oreja lo que le haría dentro del confesionario dios les dejaba tranquilo. Salva, se puso como un puto borrico y le dijo a Olga, que ahora mismo le mandaba un SMS al hijoputa del Obispo para decirle que no contara más con él, que tenía tareas pendientes, en una cama de 2x2 con sábanas de seda. 

Ah!, pequeño detalle. El jodido cabrón aburrido del marido de Olga. ¡Hostia! Que le folle un puto pez. Divorcio al canto, express, para más señas, que tenemos mucha hambre de folleteo pendiente.

- Y ¿sabes qué, amigo Salva?, dijo Olga.

Al resto del mundo, le debe importar poco nuestra historia.

Por cierto, el pequeño detalle de las "iniciadas-en-el-camino-de-cristo" hijas de Olga, no entienden muy bien que un confesionario pueda ser un antro de perversión como se dice que fué, pero -pese a su adolescencia- forman ya una familia, casi feliz, con Salva, y Olga, los hermanos de Rogelio.

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