martes, 15 de marzo de 2011

Supongamos

Supongamos que estás en un parking, para ir a retirar tu coche.

¿Ok?

¿Qué es lo primero que hace una persona al llegar a un parking? Obviamente, poner la tarjeta en la boca, para no olvidar que tiene que ir al cajero a pagar, antes de ir por el coche.

Supongamos que te sientes en la imperiosa necesidad de aliviar aguas, y que al lado de los cajeros automáticos, hay un baño.

De caballeros, al menos.

Caballeros serán los que pasan por allí a cientos, pero entonces, será que aquel WC no se limpia desde el día que se inauguró el parking.

Supongamos que armado de valor decides aliviar aguas, en aquella horrorosa estancia, y que, en una hecatombe mundial, te viene una imperiosa gana de estornudar.

Las manos ocupadas, el estornudo inminente, hecatombe.

La tarjeta vuela, a caer...donde se espera. En el inmundo WC.

¿Opciones?
  • Ir a por el coche, y salir rompiendo la barrera.
  • Ir al centro de control, y contarle al hombre de seguridad que un habitante de Neptuno te ha robado la tarjeta.
  • Ir a una ferretería y comprar un guante para soportar 20.000V, y coger la tarjeta del WC.
  • Echarse a llorar como un niño y quedarse allí, hasta dar pena a un transeúnte, que llame al 112.

Por un momento, pensé en una operación de rescate, pero la descarté por su peligrosidad.

Finalmente, gracias a la lectura de matrículas, que hacen los nuevos sistemas de aparcamiento, la cosa fue mucho más fácil de lo esperado.

¡Y frieguen esos baños!

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