viernes, 29 de julio de 2011

Transpirenaica 2006

Esto es una crónica, que en su día escribí para la lista de correo de @ciclismo, que no quiero perder, así que la rescato para que quede aquí.



Salimos el viernes 23 de junio como estaba previsto. Un poco menos de una hora antes, estábamos en la estación de tren. Mucho calor, mucho trabajo embalando las bicis, pero seguro que la ocasión merece la pena y el viaje lo vale.

O al menos eso es lo que llevábamos en nuestra mente...

A eso de las 21:40, nuestro tren ya tiene vía. Es el tren que va de Madrid a Barcelona, que más tarde se acerca hasta la costa de Gerona.

-- 'Seguro que no va nadie'. Esa era la idea que me rondaba la cabeza desde que había comprado los billetes. Al bajar al andén, la idea se me quitó de la cabeza de raíz, de cuajo. Cientos de personas de diversa condición e índole atestaban los andenes acentuando la sensación de calor y agobio que nos rodea.

-- 'Bueno, no hay tiempo para pensar'. Ya tendremos más de 12 horas para pensar en lo que sí y en lo que no. Ahora toca subir las bicis al tren.

Cosa que parece fácil, pero no lo es. Los pasillos del tren son pequeños y estrechos. La gente sube sin parar al tren con voluminosas maletas y la operación se complica por momentos.

Finalmente logramos situar las bicis en el pasillo del tren, muy cerca de nuestros compartimentos, pero sin poderlas introducir dentro, porque –simplemente- no caben. El tren va absolutamente lleno, y tiene una temperatura interior de más de 30ºC. La cosa se pone patética por momentos, pero el clímax se produce cuando pasa el revisor y "nos comenta" que las bicis no pueden ir en el pasillo. Deben ir "como sea" dentro de los compartimentos.

Nos miramos. Se producen escenas de pánico. Nos quedamos tranquilos porque tenemos billetes en los que se especifica que vamos con bicis, pero nos tememos que no tendremos otra salida más que desembalarlas para meterlas por trozos dentro de los compartimentos.

Poco a poco el tren se va calmando, aunque sigue pasando un montón de gente. El sudor nos corre por las espaldas como si estuviésemos en la primera etapa de la Transpi.

Nos armamos de paciencia y navaja y nos ponemos a cortar todo el papel de embalar que con tanto cariño habíamos colocado en nuestras bicis. Las ruedas por un lado ¡¡cuidado con esos discos, que se doblan con mirarlos!!, los cuadros por otro. Finalmente tenemos todo más o menos arreglado debajo de las literas de dos compartimentos con la sana idea de ya no tener más problemas hasta la llegada a Llançá.

Poco a poco nos vamos relajando y vamos empezando a tener claro que el viaje no va a ser fácil.
La noche en litera, me la voy a ahorrar. Hay quien puede dormir mejor y quien peor, pero para mí, ya sabía que iba a ser una noche en blanco. Y así fue. Completamente imposible pegar ojo. Mis otros 5 compañeros de compartimento durmieron a pierna suelta, doy fe.

A eso de las 10 de la mañana, después de varios desayunos por fin llegamos a Llançá. El revisor dice que nos preparemos las bicis, que en esa población, el tren no para mucho tiempo. Entre los tres nos organizamos como podemos para hacerlo lo mejor posible. Aún así nos ponemos un poco nerviosillos y eso, pero finalmente conseguimos bajar del tren sin dejarnos nada arriba y con un éxito notable.

En Llançá mucho calor, pegajoso, húmedo. Se huele cerca el mar, y se avecina un buen trabajo de montar las bicis. Sin mayores incidentes conseguimos montar todo, y casi casi ponernos en marcha. Digo casi, porque sólo nos queda vestirnos de romanos para salir. Eso va a ser en los baños de la estación, en los que encontramos nuestro particular descanso para el espíritu.

La primera en la frente. El ciclo computador no funciona con el GPS encendido. Se interfieren. Evidentemente, el ciclo computador pasa automáticamente a la mochila, quedando el GPS como única referencia de navegación.

No hemos traído ningún mapa. Sólo los tracks (10 x 750 puntos) y el rutómetro del libro de Jordi Laparra. Ángel "yo_me_lo_llevo" se ha traído su PDA con los mapas en ecw para CompePocket.


ETAPA 1. LLANÇÁ – ALBANYÁ

La historia nos la hacíamos muy feliz. Una etapa de transición, no demasiado larga, sin grandes puertos pirenaicos y con todo a nuestro favor para llegar pronto a dormir, que es lo que necesito hacer.

A las 11:15 horas, ponemos el primer pedal de nuestra particular Transpirenaica. Es un poco tarde, pero no hay más que hacerle. ¡Adelante!

Con mucho ánimo, vamos remontando las primeras rampas. Llevamos alguna barrita energética, cortesía de Ángel "yo_me_lo_llevo" Líbano.

El calor nos va aplastando poco a poco. El termómetro llega a marcar los 46ºC a la solanaza que nos lleva. Parece increíble, pero es cierto. El termómetro tiene más precisión de la que pensamos antes de salir, así que los ánimos se aplastan bajo el sol de justicia que nos impide avanzar como queremos.

Llegamos a Espolla, y nos apretamos la primera tanda de bocatas. Estamos cansados y muy sudorosos. El calor nos está haciendo sufrir, pero nuestras ganas de llegar están intactas.

Sufro el primer pinchazo. Algo misterioso, porque no es un pellizco ni un pincho, sino que he arrancado la válvula de cuajo. Creo que la Continental Gravity no es muy adecuada para grandes bajadas con algo más de peso extra, como es el caso. Cambio cámara, inflo bien y a correr. Un error más. Justo esa cámara no la había cambiado.

Continuamos la ruta, con la intención de terminar cuanto antes, pero el pantano que debemos rodear, tiene continuas subidas y bajadas, y el ritmo no es el esperado. Llamamos por teléfono a Albanyá y descubrimos con horror, que no hay alojamiento para hoy. Es sábado y está todo cogido. ¡mala suerte!, debemos quedarnos en el pueblo anterior, Sant Llorenç de la Muga. Ahí encontramos el Hostal del L'Aigua.

Seguimos. Con los tracks como los llevamos se navega la mar de bien, y las pérdidas son mínimas. Por ahora hemos fallado un solo cruce.

Muy cansados llegamos a Sant Llorenç a eso de las 19:30 horas. Una restauradora ducha y un descanso al lado de una cerveza hacen el resto.

David se queja del culo. Le duele. Hay que empezar a echar crema, pero nos vamos a cama con la impresión de haber cumplido perfectamente lo que se esperaba de nosotros para una etapa así.

Ha sido dura y estamos muy cansados, pero ha valido la pena.

La cena fue espectacular. De primero un buen plato de pasta y de segundo no me acuerdo, pero también muy rico. Un buen día en general, pero estamos soberanamente cansados. A dormir!. Yo por lo menos, no he pegado ojo en el tren, y después de la paliza de la primera etapa, no puedo más.


ETAPA 2. SANT LLORENÇ DE LA MUGA – CAMPRODÓN

El día amaneció radiante, a eso de las 6 de la mañana. No hay tiempo que perder, porque hoy tenemos que ganar el tiempo que hemos perdido ayer. En el hostal nos preparan una bolsa de campaña con lo imprescindible para desayunar. ¡Ya tienen práctica con los ciclistas que madrugan! Un mega bocadillo con unos zumos y fruta. Todo para dentro, que hoy hay que dar pedales muy duros.

A eso de las 6:40 salimos del hostal. Muy bueno y recomendable, por cierto. El sol sale entre las montañas, y el fresco de la mañana se hace patente. Es un placer rodar. David se queja un poco del culo, que le duele bastante. Creemos que va a ser un hándicap.

Los primeros 7 kilómetros son por carretera, y se hacen a buen ritmo. Ideales para calentar, porque tras llegar a Albanyá, nos enfrentaremos con la primera de las dificultades del día. El Coll de Riu, que tiene bastante miga. Llegamos a Albanyá tras un par de paradas para recolocar los sillines y quitar la ropa que habíamos puesto en la salida. El sol sale tímidamente entre las montañas, y la etapa se avecina muy interesante. El Coll de Riu nos está esperando para darnos lo nuestro y ponernos bien calentitos. ¡Vamos a por él!

Un poco antes de llegar a Albanyá, ya empiezan las primeras rampas. Se abandona el paisaje de casas nuevas y cuidadas y vuelve el aspecto rural que sólo se rompe por la continua creación de casas de turismo rural, que –para los transpirenaicos- nos hace un gran favor. Eso sí, los precios son de asustarse un poco.

Las rampas empiezan a alternarse entre tierra y cemento. Ya no sabemos qué preferimos. Por un lado, las de cemento, son buenas porque sólo te tienes que preocupar en agarrarte al manillar y empujar para arriba, pero por otro lado, al no patinar nada y agarrarse como una lapa, siempre piensas que parte de las pocas fuerzas que te quedan en las piernas se pierden en hacer ese ruido tan característico de los tacos aplastándose por el abrasivo suelo.

Poco a poco, y con muchas paradas, vamos haciendo por subir las decenas de zetas que nos va obligando a dibujar el camino. El calor todavía no aprieta, pero entre la humedad y el esfuerzo, el sudor cae por la bici hasta el suelo. No contamos el agua que bebemos por litros, sino por "Camels", de 3 litros cada uno. En las primeras etapas, de mucho calor, yo bebí 4 "Camel" enteros, y mis compañeros poco más o menos. El calor y el esfuerzo extremo requieren hidratación sin más remedio. O eso, o cascas.

Llegó el Coll. Arriba hicimos un descanso. Unas buenas vistas de los collados que están todavía más altos que éste. Afortunadamente no hay que subirlos esta vez. ¡Otra vez será!

En lo alto del Coll, pasamos el primer susto de la ruta. En el fragor de mi cansancio por subir, cometí el error de dejar las gafas de sol (empapadas) en el suelo, al lado del casco. ¡No se debe hacer eso nunca! Siempre puede pasar alguien por allí. Y pasó, Ángel con sus 80 kilos y sus botas de bici como orugas de un tanque. Las gafas se retorcieron, se doblaron, se crujieron, los cristales saltaron, ...pero...¡¡no pasó nada!! Evidentemente fue un milagro, pero una montura excepcional (Cébé) y unas lentes (Indo graduadas tope de gama) muy buenas también contribuyen.

Tras el sustito, decidimos continuar. No esperaremos por "Cañizares", que –suponemos- viene detrás de nosotros.

Ahora toca bajada. De estas que también hay en los Pirineos solamente. Una hora de bajada, para dejar calentitos a los frenos. Primero entre árboles, salimos en formación de bajada. Yo primero, que llevo los tracks y poca gana de correr, David en el medio que es el que lleva algún problema de estabilidad de equipaje, y Ángel cerrando, controlando el equipaje de David y de paso repasando tracks por si al "navegante" se le va la olla.

La bajada muy bien. Excelente. Los Hope Mono Mini se calentaron lo suyo. Efectivamente, pero no dejaron de frenar en ningún momento. Olía a embrague, a camión bajando, a quemado. Los frenos tomaron su delicado color azulado que nos dejó preocupados, aunque a unos más que a otros. Ángel sigue pensando que un día sus Formula ORO dirán basta, pero yo creo que no, que seguirán aguantando mecha lo que haga falta.

Justo cuando rodábamos ya terminando la bajada, nos pusimos al lado de un río que corría bastante encajonado en un cañón. Los paisajes eran preciosos, casi inmejorables. Pero siempre se puede mejorar. ¡Se puso a llover! Con sol y lluvia bastante fuerte. ¡Qué bonito! Hasta la agradecimos, sólo hasta cierto punto, claro, porque no estábamos seguros de la estanqueidad de nuestras alforjas.

De todas formas, no tuvimos ningún problema.

Después de esta mega-bajada, toca...¡Sí! ¡¡lo habéis adivinado!! Otra subida, esta vez al Coll de Carreres, y después, del tirón, sin parar, al Coll de San Pau. El primero lo comenzamos rápidamente. Un poco de paisajes pirenaicos, muy bucólicos, muy "de valle" y rápidamente a subir como posesos. Duras rampas, dice el Jordi. ¿Aún no había hablado de él? Bueno, esta vez no hay queja, donde dice "duras rampas" son duras rampas, y donde dice que 1000 metros son 1000 metros, o al menos eso dice el GPS.

Hablando de GPS, por ahora los tracks son inmejorables. Nos hemos (me he) equivocado tres veces contadas, y nunca más de 200 metros. Eso no está nada mal, si pensamos en la innumerable cantidad de cruces que hemos pasado. ¡No me imagino lo que puede ser navegar sin el cacharrillo ese! Efectivamente mucho más excitante, pero con las bajadas que nos curramos en la ruta, equivocarse mucho, muchísimo, de esas que nos equivocamos sin dudar, hasta que nada nos cuadra y caemos en la cuenta que nos hemos equivocado muuuuucho antes, muchísimo antes...eso, con una bajada de 1000 metros de desnivel y una hora bajando puede ser una auténtica tragedia. Evidentemente el GPS es un invento en estos casos. Un aliado insustituible.

Y mientras cuento esto, seguimos dándole duro al 24x32 (yo), 22x32 (Ángel) y 22x34 (David) para subir al Coll de Carreres. Duro, duro. Rampas de tierra y otras de asfalto. Vamos casi sin agua. Un poco tocados, pero lo más duro está por venir, porque después de este viene otro. David va casi casi sin gota de agua.

Paramos arriba, donde vemos unos tíos con pinta de ciclistas en una VW transporter. Son de una empresa de "aventura" que se dedican (hoy) a subir en la furgo a inexpertas e incautas turistas para subirlas a unas Btwin y que se tiren por la carretera de montaña, sin casco, con pantalones cortos y un top. Chanclas y pedales de plataforma. ¡Eso sí es deporte aventura!

En fin, que cada uno se gana la vida como puede, y en los Pirineos, seguro que es difícil ganarse la vida.

A lo que voy, que nos contaron cómo encontrar agua. Nos tuvimos que desviar unos 300 metros de la ruta, pero valió la pena. En un río, encontramos una fuente que nos sirvió para recoger fuerzas para terminar la subida hasta Camprodón, que será el final de nuestra etapa por hoy. Llamamos al hostal, y nos dice que no hay problemas. Se nota que se está terminando el fin de semana.

Empezamos la subida al último Coll. El de Sant Pau. ¡Madre del amor hermoso! ¡Qué desniveles! Ufff! En el libro del Ronchi Laparra sale que la pista es enteramente de tierra, pero estaba recién asfaltada, con un asfalto negro, negro negrísimo, que se agarra como el chicle. Ángel, con su pedaleo fuerte y recio, sus 100 kilos en orden de marcha, y su pobre Larsen TT con pocos TPIs, se dejó media rueda en el intento.

Yo me dejé el espíritu y más en subir, y David lo que tenía y lo que no. Al final todos nos juntamos arriba, donde descansamos "dos minutitos", lo que se convirtió en la frase oficial de la ruta.

Dos minutitos. Evidentemente Ángel no tenía que descansar. Podría haber tirado del tirón toda la ruta, parando a cargar agua y tira millas.

Pero los dos minutitos se agradecían por parte del resto del equipo.

Llegó el último alto y llegó Camprodón. Muy cansados. Domingo, pero la tienda de bicis, estaba abierta. ¡¡Dios aprieta pero no ahoga!!, eso sí, aprieta de pelotas, el tío.

Compré dos cámaras para mi felicidad. Se nos olvidó comprar un poco de glucosa en gel, que nos hubiera venido de perlas el día siguiente.

No se puede prever todo.

Nos fuimos al hostal a hacer la intendencia.

Duchas (por turnos, eso sí. Ante todo orden). Lavar la ropa, ordenar un poco el equipaje,...y rápido al pueblo que hay que comprar víveres para el día siguiente, que pasaremos por pocas poblaciones y tendremos que proveernos hoy.

A eso de las 19 estábamos en el pueblo, con una bolsa llena de embutido de todo tipo, queso, pan y galletas. Todo lo necesario para afrontar la mega etapa de mañana, donde comprobaremos si somos capaces de doblar o no.

Pronto nos cepillamos un par de jarritas de medio litro de cerveza con limón y nos volvimos al hotel. Evidentemente había llegado "Cañizares", nuestro alter persecutor.

Cenamos unos platos impresionantes de pasta con tomate, y de segundo algo apocalíptico también. No me acuerdo. Vamos, una cena pantagruélica. El hostal debe vivir de los transpi men y poco más. Parecía el de Norman Bates.

Bueno. No hubo queja. Pronto nos fuimos a dormir. Mañana viene la etapa que separará los hombres de los niños.

Dormimos como troncos desde el primer segundo.


ETAPA 3. CAMPRODÓN – BAGÁ

El día amaneció también temprano. Hoy tenemos dos etapas oficiales por delante. Hoy dejaremos atrás a "Cañizares" y hoy veremos si seremos capaces o no de conseguir lo que nos hemos propuesto. Ya veremos cómo improvisamos si no somos capaces.

En el hostal nos dejaron el desayuno preparado, todo listo para sacar las bicis sin problema. En fin, todo tipo de facilidades que –en un viaje de este tipo- se agradecen.

Salimos de Camprodón a eso de las 6:30 de la mañana. El Jordi, será lo que queramos, le hemos llamado de todo durante la ruta, pero las piensa bien. Siempre empiezan con un poco de carretera suave para calentar las piernas. Los culos empezaron a protestar. Los dos que se alojan en Fizik Nissene, protestaron, pero no demasiado. Sobreviven. El que se aloja en el Flite "Marco Pantano Réplica", protestó más. Mucho más. El dueño (del culo) llegó a decir que no sabría si sería mejor ir con el sillín o con la tija sola. Ahora nos reímos ya del asunto, pero allí no nos reíamos tanto. Esa chorrada nos podía echar el viaje abajo. Por suerte, David vió que el MTB no es bambi y apretó los dientes.

Teníamos por delante una media etapa, Camprodón – Planoles, de 34 km y otra etapa dura, de Planoles a Bagá con mucho más desnivel y –sobre todo-   la zona de la estación de esquí de La Molina, que parece ser, según cuenta Jordi, era muy dura.

La subida a la Collada Verda, no fue excesivamente dura. Mucho subir, mucha rampa, pero estaba muy bien colocada en el momento de la etapa. Salimos, rodamos 7 km por carretera para calentar las pierdas, y al llegar a Planoles, comienza la ascensión.

Tras tres horas de ascensión, nos plantamos en lo alto de la Collada Verda. Una vertiginosa bajada, a las que ya nos estábamos acostumbrando y nos plantamos en el siguiente valle. Nos pusimos en formación de bajada, como ya venía siendo habitual, y nos dispusimos a perder todo lo que habíamos ganado.

Pero esta vez era diferente. Jordi dice en el libro que la bajada es empinada y pedregosa por zonas. Efectivamente, en alguna zona tuvimos que aplicarnos bastante para pasar algún escalón y alguna zona difícil. Nada que no se hubiera hecho al lado de casa, pero entre el peso, la responsabilidad de seguir el viaje y no estar cerca de ninguna asistencia mecánica y sanitaria, hace que siempre haya que tomarse este tipo de bajadas con mucha calma en un viaje como este. Yo ya tenía mis cámaras nuevas, y comencé gradualmente a volver a frenar con el delantero poco a poco. Evidentemente pusimos la rueda hinchada como un palo, para evitar que la cubierta pudiese girar dentro de la llanta que –creo- era el problema que se presentó en las primeras etapas.

Poco a poco, fui frenando más y más con la delantera y todo fue bien. Finalmente fue un alivio, porque no tenía claro que el freno trasero (mono mini de 160) pudiese detener todo ese peso por todas las cuestas a las que nos tuvimos que enfrentar desde este momento.

Después de descenso, nos quedaba una tachuela para terminar lo que sería la primera media etapa. Tras el descenso, paramos a decidir si íbamos a hacer la etapa completa o no. Evidentemente cada uno confía en sus posibilidades, pero nadie lo tenía completamente claro.

Tras una puesta en común, decidimos que sí lo haríamos, como fuera, pero no nos atrevimos por el momento a llamar para reservar. A las malas podríamos quedarnos en algún alojamiento de la estación de La Molina.

Iríamos viendo por el camino.

La tachuela tuvo también su miga. Por no tener no tenía ni nombre, pero la recordaremos siempre, porque mientras la subíamos tuvimos el accidente del viaje. Y no fue una caída (menos mal). Fue un accidente con la cámara de fotos. Mientras hacía unas cuantas, se me enganchó en el manillar de la bici y me saltó a 3 metros de distancia, dándose contra el duro cemento. La pila se saltó de la cámara y ésta se quedó abierta. Pensé que en cuanto le metiera la pila, se pondría otra vez a currar, pero no fue así. La delicada maquinaria de las digitales de hoy en día no permite pensar en que puedan soportar cualquier tipo de golpe. ¡¡Sin cámara!!. Me dolió mucho más quedarme sin fotos desde este momento de la ruta, que lo 400€ de la cámara en su día.

En fin. Si esto es lo peor que nos va a pasar en el viaje, bienvenido sea.

Con la cámara cutre de mi Nokia 6230i intentaríamos seguir adelante.

Pronto llegamos a Planoles, en donde terminamos la media etapa del día. Allí nos devoramos un bocata como mandan los cánones y procedimos con el resto de la ruta, ya que ¡¡hoy nos queda un huevo!!

No nos agobiemos y sigamos adelante. Otro descanso y venga para arriba.

La otra etapa que teníamos por delante, básicamente tenía dos puertos importantes: El Cap de Costa Rasa y el Coll de Pal, que haría que terminásemos la etapa con una bajada impresionante.

El Cap de Costa Rasa bien. Largo y tendido. Mucha pista y algo de asfalto. A mí, personalmente se me hizo entretenido, porque se hizo en varios escalones. Íbamos encadenando una especie de cuerda larga, en la que –cresteando- coronábamos hasta 5 caps, colls y lo que hiciera falta. Eso hacía que fuera la cosa más suave, pues hacíamos coincidir los descansos con las pequeñas cimas que íbamos coronando.

En Toses hicimos una pequeña parada larga, a recuperar el resuello, principalmente porque hay un cartel que dice que 10% de desnivel en los próximos 5 km de asfalto. ¡Eso desmoraliza!

No podemos decir que "casi sin darnos cuenta", pero la verdad es que llegamos al Cap de Costa Rasa sudados, pero en buen estado general. Eso sí, bastante más tarde de lo esperado.

Son las 17:00 horas y nos queda un montón por hacer. Aquí tomamos una decisión. Tenemos que dar un pirulo que nos dice el libro y el track por el collado, o bien tomar la carretera y "dejarnos caer", (según parece) a la Estación de La Molina. Decidimos rápidamente, acortar unos 13 kilómetros la etapa que buena falta nos hará.

Lo de "dejarnos caer", fue una buena historia. Tan pronto enganchamos la carretera, pusimos plato grande y rápidamente quisimos ponernos a 30 por hora, para llegar rápido a la Molina. Llegamos rápido, eso sí, pero no a 30 por hora, y bastante tocados. Un falso llano (finalmente, en 5 km de carretera ganamos un par de metros de altura) de esos que te matan, hizo el resto.

En la Molina, decidimos recoger agua, tomarnos unos buenos bocadillos con lo que nos queda de embutido y de pan, y tirar millas.

En La Molina, vemos alguna gente (poca) en el BikePark, disfrutando de las instalaciones, con bicis de DH. Lo que sí vemos es un montón de carteles marcando las pistas para bicis que –seguro- funcionan en fin de semana y esas cosas. Nosotros seguimos concentrados en seguir nuestro camino, que mientras no encontremos nuestro Coll de Pal, no estaremos tranquilos.

EL GPS dice que es por aquí, por la izquierda, pero no puede ser. Por ahí no hay camino.

- ¡Ángel!, ¿Qué ves en un GPS?

- Pues por ahí, por la izquierda, por ese muro que se ve ahí.

- ¡Pero si eso es una pista de esquí!, ¡por ahí no puede ser!

¡Anda que no! Ángel se dio un par de pirulos por ahí a ver si los GPS estaban un poco despistados, pero ellos insistían en que no, que era por ahí, leches. Por la pista de esquí para arriba.

Como era de esperar, Ángel lo intentó hasta que cayó de lado (que nadie se asuste, lo hace siempre). El resto de la expedición empujamos. La verdad es que fueron unos 400 metros. No creo que más, pero casi imposibles de hacer con la bici empujando.

Luego caímos a una pista que simplemente era exageradamente empinada y que a su vez desembocaba en otra que era empinadísima. Finalmente en una normal, y –tras ver más carteles del Bike Park- llegamos a la carretera.

Arriba, divisábamos el Xalet de Coll de Pal. Un refugio que seguro que en invierno se pone hasta arriba, porque debe ser impresionante. La carretera se hizo larguilla, y llegamos extenuados por completo arriba.

Nos quitamos los maillots sudadísimos y nos pusimos las chaquetas de WindStopper. Pese a que durante el día habíamos soportado temperaturas de más de 35ºC, ahora el termómetro marcaba unos rácanos 14ºC.

Además, el cielo se estaba encapotando preocupantemente, y –sobre todo- amenaza lluvia de tormenta. Viento fuerte y las primeras gotas cuando coronamos. Finalmente no cayó la del pulpo, pero pudo haber caído. Esta vez el Pirineo nos perdonó la vida. No teníamos ni un solo lugar donde resguardarnos. El alto del Coll de Pal es un páramo digno de los 2110 metros de altura a los que está.

En el alto, nos encontramos a unos extranjeros con unas FORT cargadas con unos 50 kilos (mochilas Ortlieb) que subían desde la otra vertiente. Un misterio. No creemos que con esas bicis pudieran bajar hasta La Molina, porque la bajada sería de aúpa, pero en fin. Igual vivaqueaban allí y al día siguiente volvían a bajar.

Empezamos la bajada, por asfalto, donde tuvimos que parar un par de veces a observar un par de bichos extraños. Una especie de hurones, martas, visones...¡no sabemos! Pero muy simpáticos y escurridizos.

Luego nos tocaba el collado de la Bofia. Son las 18:45 y toca subir un poco. Pensamos que no es momento de subir, pero por un lado no sabemos si la carretera nos llevará a Bagá o no (probablemente sí) y si el descenso hasta Bagá del Collado de la Bofia es por pista, no nos lo queremos perder.

Efectivamente, el Collado no era nada, y el descenso era por pista. Decidimos llamar a Bagá, porque nos hacemos ya con la situación. In extremis (casi sin cobertura de móvil, y con todos los alojamiento menos uno pillados) conseguimos una habitación triple.

La bajada espectacular. Estuvimos 1h 25 minutos bajando por una pista en diversos estados. Perdimos 1300 metros de desnivel y tuvimos que hacer varias paradas para descansar un poco las muñecas y los frenos.

Con cara de satisfacción por la bajada y por la machada de haber coronado la etapa reina, entramos en Bagá.

El hostal francamente bien. En muy buen estado y con una habitación "duplex" que nos sirvió perfectamente.

Hemos hecho 95 km, y hemos estado 13 horas sobre la bici. Nos merecemos una cerveza bien fría.

Desgraciadamente no encontramos nada abierto para comprar comida, así que no nos queda más remedio que irnos a cenar al restaurante (cachis...) del hostal y decidir improvisar sobre la comida del día siguiente.

La cena muy buena y los precios aceptables.

Colada y a sobar. Eso sí, las cremas en la zona de contacto con el sillín, no deben faltar. Eso debe recuperarse lo máximo posible. Y es que hablamos de muchas horas encima de la bici. Siempre alrededor de 10. No estamos acostumbrados a eso para nada y las posaderas lo notan.


ETAPA 4. BAGÁ – NOVES DE SEGRE

Amanecimos un poco más tarde con la intención de recuperarnos un poco de la paliza del día anterior. No hay que bajar la guardia y pensar que esto está hecho. La etapa que tenemos delante, sólo tiene un gran puerto y una tachuela al final, pero no hay que perderla de vista.

Como ya nos tiene acostumbrados el Jordi, salimos por carretera suave, para calentar el culo y las piernas. Un poco después salimos a la pista y comenzamos la mega ascensión al collado de la Jaça. Inmeso. Una ascensión increíblemente grande y larga. Estuvimos desde las 8 de la mañana a las 14:40 para alcanzar la cima del collado.

Parece increíble, pero es así. Los Pirineos tienen esa forma de ser. Te puedes pasar toda una mañana con el plato pequeño puesto, sufriendo y sudando, para pasarte toda la tarde bajando...

Si no te gusta, pues ¡a otro lado! Aquí las montañas son inmensas y sólo se les gana con paciencia.

Finalmente, el collado llegó. ¡Todos llegan! Y nos ponemos a descenderlo, tras un buen descanso. Hace bastante fresco y no se hace agradable con los maillots completamente sudados como los llevamos. De todas formas, todavía conservamos unas galletas y las devoramos urgentemente.

Nos ponemos en situación de descenso, y vamos para abajo. Jordi decía que esta bajada también tenía tramos chulos, y –efectivamente- tuvimos que emplearnos a fondo para bajar. Algún reguero grande, algún cambio de camino, no sé...¡entretenida! Muy bonita, con vistas al valle de Jaça abajo. Preciosos paisajes contrastando esa tundra que hay cuando se ronda los 1800 m con la fertilidad y el verdor de los valles que disfrutan de humedad y buenas temperaturas en el verano.

Salimos a la carretera, y en un momento nos pusimos en Tuixén. Un poco antes yo tuve mi tercer pinchazo en la delantera. Me puse otra vez un pelín nervioso, pero esta vez no fue por agarrón, sino por un pincho o algo así.

Nada. Cámara nueva y para adelanta. Tuixén nos espera. No llevamos absolutamente ningún vívere.

En Tuixén, Murphy contraataca. Por un lado, nos enteramos que el hostal de Noves de Segre ha cerrado, y por otro que la tienda de comestibles del pueblo no abre por semana. ¡Glubs!

Lo primero es lo de la comida. Encontramos una cantina, que nos puede hacer unos bocadillos de tortilla y de jamón (para la cena). Claramente nos vio cara de náufragos desesperados y nos clavó 27€ por 6 bocadillos que no eran nada del otro jueves. En fin, se lo agradecimos convenientemente, y nos fuimos.

En un momento de ligera desesperación, llamamos "a casa" a ver si nos podían resolver el tema del alojamiento. "Casa", desde Internet, observó con horror, que en Noves de Segre no hay ningún tipo de alojamiento conocido, así que tuvimos que buscar alternativas. Ángel llevó en la PDA algún teléfono de alojamientos de las poblaciones de los lados, así que finalmente encontramos alojamiento en una "casa de Pajeles" de Adralls. No sin esfuerzo, terminamos de bajar la última tachuela del día, y después nos zampamos los 5-6 km hasta Adralls. Hoy sólo nos echamos 11 horas encima de la bici.

Nada, nada, absolutamente nada de lo que habíamos hecho sobre una bici se comparar a hacer diariamente más de 10 horas, con unos desniveles que oscilan entre 1500 y 4000 metros cada día.

En Adralls, lo de siempre. Colada, descanso, ducha, crema en el culo. Vamos! Que lo tenemos muy bien organizado. Eso sí, cada uno se ducha, hace la colada y se da crema ¡¡él solito!! Eso queda claro.

Encontramos un restaurante en Adralls que nos dio de cenar mínimamente bien. Muy fino, pero la comida era de puchero. Yo no ando muy religioso. En la subida a la última tachuela lo pasé fatal, se me iba la fuerza de las piernas. Una pájara quizá. Me comí en la ascensión lo que nos quedaba en la mochila: unos trozos de pan duro de hacía tres días. Me supo a gloria, y me dio fuerzas.

Pero no estoy tranquilo, creo que estoy incubando algo. No se si es una gripe o bien una gastroenteritis. No tengo la tripa quieta y me encuentro algo débil. Creo que mañana me voy a reir un rato...

Nos fuimos a cama, después de ver un poco el partido de España.

Antes de dormirnos nos cayó una tormenta (ya en cama) que hizo historia. Tuvimos que cerrar las ventanas, porque el agua que salpicaba entraba a inundar todo. Muy violenta, con aparato eléctrico y granizo. De esas que sólo el Pirineo sabe incubar. ¡Otra vez nos perdonó la vida! Si nos cae esto en plena ruta, no sé muy bien que habríamos hecho...


ETAPA 5. NOVES DE SEGRE – LLAVORSÍ

El día amaneció temprano. El desayuno de pajés. Huevos fritos con chorizo, porrón de vino y mucho embutido. Además, el café y las galletas. Todo para adentro, que nos queda bastante.

A eso de las 7:30 ya estábamos en la ruta. Había que desandar los km de ayer hasta llegar al cruce de Noves de Segre, pero no importa. Una vez más, para calentar, es lo mejor. De los culos, ya no hablamos. Los Nissenes siguen aguantando, con más pena que gloria, pero el de David, está ya en estado deplorable. Barrena total, pero el tío sigue ahí. Se sienta en el sillín y se le ponen los ojos virojos, pero no dice nada. Un auténtico mtbiker.

La etapa de hoy sólo tiene un collado que subir. Eso sí, un collado de cagarse por las patas, como suele siendo habitual. Había que llegar hasta los 1700 metros de altura, desde los 600 que salíamos en Noves. Realmente fueron 550, con lo que la ascensión fue dura, muy larga y penosa.

Poco a poco, muy poco a poco, con muchas paradas, fuimos ascendiendo. Algo por pista, algo por carretera, vamos ascendiendo. Finalmente llegamos al collado y nos vemos ganadores. Hemos ganado a la montaña, pero hasta llegar abajo, a Llavorsí, yo no quiero cantar victoria. Queda mucho.

En esta etapa hay un montón de llaneo en la cresta de la montaña, y tenemos unos 6 km en los que no perdemos altura, pero tal y como vamos de las piernas, se hace ya un calvario.

Finalmente llega la cuesta abajo, ¡bendita cuesta abajo! Que nos deja en la carretera a Llavorsí, que alcanzamos tras 6 km.

¡Hemos llegado! La bajada ha sido apoteósica. Con decenas de curvas de 180º con un precipicio de salida que corta la respiración. Los frenos muy fatigados, la temperatura subiendo un par de grados cada 100 metros de desnivel que perdemos (o sea, dos curvas).

Pasamos por un pueblo increíble, Montmartró. Un monumento a la etnografía. En el medio de ninguna parte.

Se me llena la cabeza de cosas en las que pensar en Llavorsí. Tanto trabajo de preparación, y casi ningún problema. ¡¡¡Lo hemos conseguido!!! Hemos sufrido un montón, pero sin ninguna duda ha valido la pena. ¡Vaya que sí!

En Llavorsí, buena, cena, embalar las bicis y al día siguiente a las 5:40 am, autobús hasta Lérida. Luego un coche alquilado hasta casa.

Mi gastroenteritis estuvo toda la etapa aflojándome las piernas, pero finalmente me dejó terminar. En la cena me puse malo, malo, malo   malito. Tan malito que llegué de milagro al WC a echar la cena, la comida, el desayuno y el primer biberón que me dio mi madre. Eso sí, cuando me recuperé estaba perfectamente.

Un poco de dieta al día siguiente, terminaría con el bicho alienígena.

Para la próxima, nuestros burgueses estómagos deberían beber sólo agua esterilizada con pastillitas. Pensarlo para la próxima.

Y esto es más o menos lo que ha dado de sí,. 360 km, 11800 metros de desnivel. Mucho sudor, mucho sufrimiento, mucho aceite a la cadena y sobre todo, mucho paisaje, mucha montaña y mucho reto.

La montaña es muy grande, pero el tesón del hombre lo es más.

Saludos,
^_Pepe_^

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