domingo, 29 de junio de 2014

El efecto Jacuzzi

Tenía como tarea pendiente, hablar del efecto jacuzzi, término acuñado a medias por el ínclito y contumaz aspirante a polímata Emilio y servidor, en una conversación aditiva, como suele ser habitual.

Comenzamos hablando de los hábitos de la sociedad que crea necesidades donde no las había. [A nadie se le ocurre pensar qué hacíamos antes del Whatsapp]. Y de los nuevos hábitos de la sociedad pasamos a la anestesia que supone que no nos demos cuenta de que nos están obligando a comprar cosas que no necesitamos, en absoluto, y que, -consecuentemente- no vamos a utilizar en breve.

Y a esto le llamamos, efecto jacuzzi, en honor al estado que supone la frustración tras comprar un jacuzzi.



Uno se va a la tienda, convencido que lo que necesita para aliviar su estrés, es un jacuzzi. El vendedor de la tienda, que come de ésto, nos convence de que así es, que no se puede hacer otra cosa mejor para ello.

Y nos gastamos ** ponga aquí el doble de lo que tenía presupuestado ** en nuestro flamante jacuzzi...que usamos...sólo el día que lo estrenamos. Luego nos damos cuenta de los inconvenientes, que si es un lío, que si es ruidoso, que gasta agua y energía eléctrica, que si la pereza, que si luego hay que limpiar todo.

Y ahí está, nuestra bañera de agujeritos, campando por sus respetos.

Que son pocos.

¿Más efectos jacuzzi? Las TV en 3D, sin duda, otro de libro en la que un abnegado padre invita a todos los niños del barrio al estreno de su TV de 2000 euros; con palomitas y todo!! Pero salen con dolor de cabeza y con pocas ganas de ver todas las pelis del mundo con esa tecnología, aunque su boca diga lo contrario.

El cine en 3D es otro de los casos claros, en donde cada vez hay menos salas con 3D, los precios se igualan para atraer clientes, o bien, para intentar competir con el cine en 2D, mucho más ajustado a la crisis y lo que se trae.

¿¿¿Otro ejemplo??? Los extras de los coches, las zapatillas deportivas que levantan el culo, las ruedas de 29" en el MTB, las bombillas de Phillips que cambian de color según nuestro estado de ánimo, o las aspiradoras robot que cuestan más que una empleada del hogar.

¿Más? La moda en su conjunto, la Thermomix (en ciertos casos), las bicicletas estáticas, el Blu-ray, o...

¡¡Las GoPro!!

Sí, queridos lectores, las GoPro, esas máquinas  que hacen vídeos increíbles en 1080, con un angular impresionante, estabilizadores, sonido mejorado, mil tipos de soporte...y...que al final...hacen vídeos, absolutamente preciosos desde el punto de vista técnico, pero que son totalmente infumables para cualquiera que no sea el que lo grabó, o incluso, ese mismo también. La experiencia me demuestra que salvo honrosísimas excepciones de auténticos piraos de ésto, el resto del mundo, no dedica el tiempo a editar sus vídeos con lo que finalmente, el resultado (raw, medio raw, o un cuarto de raw...) es infumable.

Absolutamente infumable.

El resumen que sacamos de ésto es que no existen cosas caras y cosas baratas. En términos generales, lo que hace barato a una cosa es la cantidad de disfrute que hemos sacado de ella. Lo que critico aquí es que muchos marketinianos nos venden que el placer esté en mirar la cosa por primera vez.

Y ya.

Pues no.

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