miércoles, 10 de diciembre de 2014

Sobre la ontología del "Yo y los míos!"

Puede ser que ya esté aquí la navidad y por tanto mi espíritu Grinch se despierte puntualmente como cada año.

Puede ser que me hayan tocado algunas palancas en fechas recientes que me hayan traído de nuevo aquí.

No lo sé, pero el caso es que me toca hablar de la ideología del yo y los míos.

Y me toca los bemoles, porque creo que deberíamos estar hablando de lo rica que está Sandra Sabatés. Pero no. Estamos aquí.

Al tajo.


¿Qué es la ontología del "Yo y los míos"? Básicamente, llevando la historia en corto, se trata del argumentario ideológico de la selva más absoluta llevado al extremo social actual. Pisamos diez pasos más adelante del precipicio del individualismo. Pasamos por encima de la competitividad social. "Lo único relevante en el mundo somos yo y los míos". Y el yo delante, no es baladí, puesto que los coach no paran de bombardearnos con lo importante que es pensar que el centro del mundo somos nosotros mismos, y si no pensamos eso, estamos pensando mal.

En el último mes, me ha tocado dos veces oír la misma soplapollez.

Y en la segunda casi salto a la yugular del pimpollo. La verdad es que le hubiera reventado el discurso por los aires. Le iba a argumentar que lo que no consiguió la escalada nuclear de los 80, puede ser que lo consiga el individualismo de la segunda década del milenio. Lo malo es que le iba a pillar con el pie cambiado y yo sí tengo un hilo argumental bien reflexionado sobre la importancia de no dejar atrás a nadie, sobre la relevancia de la igual de oportunidades, de la necesidad de un estado social de igualdad, sobre la perentoria urgencia de educar en la más exquisita igualdad.

Y es que ya vale de que nos bombardeen con que somos el centro del universo, con que nos merecemos una casa o un coche de esa categoría, de que somos mucho más de lo que pensamos.

¡Somos una putamierda en medio del universo! Como civilización. Y -endemás- como individuos, la irrelevancia escrita con palabras de platino. Eso es lo que somos, bajo mi prisma, en sentido más astronómicamente ético.

Pero claro, no todo el mundo piensa como yo. El soplagaitas del Audi piensa que el coche de 60.000 euros le da permiso para colarse en una fila de coches, y hacer frenar a 50 para llegar a trabajar a la misma hora, el señor despistado de la cola del súper, nos cuenta que no llega al médico y que necesita pasar antes, y el insoportable niño del 4ºC, nos dice que sin PS4 la vida no tiene sentido, porque para eso ha sacado unas notas increíbles.

Debería haber más hornacinas por las esquinas, llenas de santos varones (y hembras, que tanto son...) a los que adorar sin más. Cada uno de nosotros nos deberíamos apellidar "el simpar".

Y cierto es que no tenemos parangón, pero de ahí a lo que nos toca vivir en el momento actual, me parece que van unas unidades astronómicas.

Y seguimos pensando que está fenomenal que a los inmigrantes se les quite la tarjeta sanitaria (porque vienen de turismo sanitario), todavía se hacen chascarrillos sobre la hideputa esa que gritó "¡Qué se jodan!" a los parados (oh wait!, que era una diputada nacional). Y si caen bebés por la borda de una patera y se ahogan, no llegan ni a la portada de un periódico online de izquierdas (podéis bucear por lo más profundo de Google en las últimas horas).

Estamos construyendo la sociedad de la exclusión. La sociedad de los codos, de adelantar, de la competencia salvaje, la sociedad del no mirar atrás, del pisar para crecer, la sociedad del "sólo te doy si saco algo a cambio".

¡Estoy harto! Me apetece gritar hoy que estoy harto de soportar tanta levedad.

Y quizá no me haya tomado la medicación, como más de uno seguro ha pensado en decir. Quizá. Pero creo que a las sociedades, a las civilizaciones, hay que gritarles que sólo se crece si ninguno queda atrás.

Y si no, volvemos a los cazadores y recolectores. ¡Ya verás qué risa!

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