lunes, 26 de enero de 2015

Restaurante "El Cielo", Bogotá.

Ya tenía la nota mental de que debía ir a este restaurante de Bogotá, más pronto que tarde. Cuando se me presentó la oportunidad de poder ir por trabajo, no me lo pensé en absoluto, obviamente, con el ánimo de poner en práctica mis dotes de separar el trabajo de las sensaciones. O qué?

Bueno, pues allá nos fuimos, muy poco elegantes para un día de muchas sensaciones culinarias.

Llegamos, y nos encontramos un restaurante muy poco iluminado. Muy poco, para mi gusto un poco de menos,. Pero allá nos metimos en una mesa.


De primero, nos pusieron una carajillo. ¿Sabe usted lo que es? Pues una espuma de aguardiente, servida allí directamente, con un polvo de café que estaba delicios. Un shot.

Y como el festival iba a demorar  lo suyo, nos pusieron un sandwich con galleta y crema de queso con muuuchas hierbas que ya he olvidado, pero que siempre, siempre vuelven a la cabeza, por las buenas o las malas.

Como ya suponía, la carta no tiene mucho sobre un montón de platos y tiene más sobre experiencias. Hablaba de la experiencia corta y de la experiencia larga. Como recomendaban ir todos a la misma, y no sabía muy bien cuanta hambre tenía, fuimos a la corta. Cada una de ellas, tenía un precio y una duración.

Aparecieron las palanganas. Preciosas, de metal. Y una jarra de agua templada en el medio de la mesa. Tenía un poco de sed, y estuve tentado, pero hubo algo que me detuvo a beber. ¡Menos mal! Vino un camarero con cierta prisa a rematar el plato. Un poco de fluidos no newtonianos para los dedos. A jugar con maizena de choclo. Nos pusimos como gorrinos allí jugando. Y es que comer es tener experiencias. Y ya cuando me estaba creciendo con el comportamiento del fluido, vino el camarero a pitar el fin del recreo. El agua para lavar las manos...

Vino el vino. Un gala3, con Chardonnay y Riesling, que sabía mucho a Riesling. No quedó nada, pero costó más que el menú.

Y llegó el árbol del indio muerto. Una preciosa escultura hecha con alambre de cobre. Una auténtica obra de arte, que no era más que el soporte en donde ponían un pan de papa, delicioso. Servido con una salsa de coco. Excelente.


Luego la sopita. Hay que tomar sopita. Vino un plato con tomates diamante, que no eran más grandes que una lenteja, y nos echaron la sopa de ñame. Un poco salada para mi gusto, pero excelente en su conjunto. Tenía una pinta de crema-apestante-a-nata que echaba para atrás, pero realmente estaba deliciosa.

¿Y? Luego el pescadito. Tilapia, a la parrilla, con verduras. Un pescando controversial donde los haya, porque dicen que tiene demasiados metales pesados. No se lo que tendría, pero estaba delicioso.

En el medio de la carne y el pescado, habrá que lavar la boquita. Obviamente. Nos trajeron un sorbete de cava y coco, que hicieron en la mesa. ¿Cómo? Con nitrógeno. Ahí, online. Genial. Nos pusieron la mesa perdida de nitrógeno. Qué gusto!

Pollo, asado sobre cama de patatas. Momento de empirizar el teorema de Emilio, que --como toda la comunidad gastronómica sabe-- reza en su enunciado: "El pollo sabe a pollo". Bien. Este, sabía a pollo.

¿Habrá que comer un poco de carne? Chicharrón asado al vacío, 36 horas. Con cama de puré de patatas y jardín vertical. El jardín vertical subía por la parte sopera del plato, y era una auténtica obra de arte. No quedó nada. Ni la raspa del tocino.

Trufa sobre fondo de coco y polvo de oro. La trufa sabe a trufa.

Helado de leche condensada, con rocas de coco (leches para el coco, leches). Que estaba fantástico en sus 4 dimensiones.

Café espresso, genial. De lo mejor de la noche, y ya era dificil. No se puede pedir mucho más. Una encuesta de satisfacción, el precio de un Gino's y un auténtico derroche de servicios y festival culinario.

No se vayan todavía. Pétalos de rosa con higuerilla, para hidratar las manos de vuelta. Yo ya había perdido el control de mi presencia. Me restregué las manos con la crema.

Desde luego, se va al olimpo de los restaurantes. Sin ningún tipo de dudas.

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