miércoles, 7 de enero de 2015

Restaurante - La sopa boba


Si hay un restaurante del que tenía pendiente escribir, este es la sopa boba. Un restaurante, digamos ecléctico y diferente, situado en Alpedrete, aquí (https://goo.gl/maps/H72Jf), exactamente.

Situación, fuimos justo después de la comida de fin de año, año nuevo, el concierto, los saltos y todo el rollo, con lo que no íbamos lo más motivado del mundo.

Yo ya había ido a la sopa boba, hacía mucho tiempo, cuando estaba ubicada en un viejo "saloon" a la salida de Collado Villalba. Fue una experiencia diferente a lo habitual en este tipo de sitios. Había como un ambiente un poco enrarecido, no sé, forzado, no apto para mi. Un poco complicado de explicar.

Pero fui, absolutamente sin prejuicios de ningún tipo, dispuesto a probar lo que me pusiesen delante.




Y empezamos con un bombón helado de cóctel de cava y piña, que era exactamente eso, pero que fue una auténtica sorpresa en todos los sentidos. Espectacular.

Luego pedimos una sauna de pez escolar. El pez escolar, muy poco conocido aquí, (Lepidocybium flavobrunneum), de la familia del pez mantequilla, se preparaba en la mesa, sobre unas piedras volcánicas a 400ºC (me faltó llevar la pistola de infrarrojos), y al echar los trozos encima, justo después un caldo de pescado, se hace una fuerte "sauna", que cocina el pescado al vapor en 5 segundos de reloj. Muy, muy espectacular, y el pescado delicioso. Si uno busca en google el pez escolar, obviamente, pone "diarrea", justo después. En fin. Hubo suerte.

Aquí con otra plantita...
A continuación (y esto no lo pude evitar), rabo de toro ¡con chipirones!, es así como me gustan a mi los platos. ¡Mezcladitos!, mixtos, morunos, criollos. Mola un montón. El rabo estaba delicioso, simplemente magnífico. Y no soy yo de rabo de toro. No lo soy, pero me gustó mucho.

Luego un secreto ibérico con amarenas y patata violeta. Era justamente eso. Un secreto bien graso, con un puré de patata tintado y con los frutos ahí. Bien, no fue espectacular, pero valió mucho la pena pedirlo. Muy rico.

Pedimos un postre para dos, el que más nos llamó la atención. El chocolate en tres texturas con regadera de maracuyá. Presentado como una mini-maceta, con una hoja de romero clavada a modo de arbolito, y los chocolates haciendo de sustrato de la planta. Ya lo ví en el Coque y en el Club Allard, pero, pero, pero no le quita un ápice de creatividad y originalidad. Obviamente, estaba fantástico. Se come de abajo arriba, para encontrar todos los chocolates. Algo delicioso.

Un gran café solo, y una cuenta ridícula para lo que comimos. Un ambiente agradable, y una decoración...eeeer...sigue siendo ecléctica. Bueno, quizá un poco kitsch. Bueno, no sé, no me dice mucho, pero tampoco me molesta. Es, simplemente que yo lo hubiera hecho diferente.

Obviamente, huelga comentar que el nuevo local ofrece mil posibilidades más que el antiguo y que las han sabido aprovechar. El día que fuimos, había poca gente, pero dicen que últimamente, es incluso complicado hacer una reserva de fin de semana, con una semana de antelación. Y me alegro por ellos, pues en tiempos de crisis, tener este nivel de ocupación es síntoma inequívoco de que algo (o una gran parte) estarán haciendo bien.

Claro que el brillo en los ojos que ponía todo el personal cuando contaban los platos es una condición necesaria para tener éxito en la hostelería de este nivel. Y todavía me deslumbra ese brillo. De emoción, de sentimiento. Me gusta.


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