miércoles, 27 de mayo de 2015

Restaurante Ca Pepico - Meliana

Como véis, queridos, la crisis golpea en todas partes, y cada vez tengo menos visitas a restaurantes en los que se puede disfrutar y por tanto...generalmente, antes de salir, hay que pagar bastante, casi siempre sin más opción.

Pero tuve la increíble oportunidad (casi inopinada) de probar uno de los dos que Emilio Doñate me recomendó personalmente en su día.

Los tenía en la recámara desde hacía algún tiempo y no dudé en la oportunidad que se me puso delante de los ojos.

Después de seguir a Waze unos cuantos giros por algunas increíbles huertas (creí reconocer alcachofas con lo que casi me entran ganas de entrar con el coche a arrasar la huerta en beneficio de la humanidad) de Valencia, mientras el sol de primavera daba los últimos pasos antes de irse, llegamos al restaurante con cierta puntualidad, después de reservar un poco atropelladamente.

Y nos encontramos por fuera...

Un bar. Un bar. Como os lo digo. Un sitio muy normal.

-- No es aquí, --te dices para tu interior.

Pero sí es. Sí. Entras y ves una decoración mediterránea, con ventanas de madera azules (nada de refinamientos), pero sí cuidado exquisito en los detalles. Una disposición de las mesas nada abigarrada -hecho para disfrutar, seguro- y cultura mediterránea por todas partes.

Después del "buenas noches" y "qué van a beber?", que se saldó con un "buenas noches" y "una Turia, por supuesto" llegó la bomba.

-- Yo no quiero la carta. Yo quiero un arroz, y no los encuentro, --dije, pisando seguro.

-- Me temo, señor, que no tenemos arroces por la noche. Sólo al mediodía. Si nos hubiera avisado...

Me quedé patidifuso. Pospuesto. Renegué de Rita Barberá, juré en arameo y culpé a Camps de esto. Me centré en las croquetas de setas y cocido, mientras una lágrima de desazón recorría mi mejilla.

El camarero pasó de un lado a otro, con prisa, trayendo y llevando cervezas y raciones de pan (fuimos los primeros en llegar).

-- Hemos hecho 400 Km para comer arroz aquí. Mírame. Destrozado me hallo. --Le dije.

Se fue consternado a la cocina. A los 3 minutos, volvió conspícuo.

-- Ya han decidido los señores?, --dijo, altivo.

Yo iba simplemente a balbucear que hasta alcachofas de la huerta podría comer, cuando de repente...

-- Me dicen en cocina, que les pueden hacer un arroz, pero tiene que ser un poco de lo que tengan disponible.

Un arcoiris multicolor surcó súbitamente los cielos de Valencia. Los unicornios rosas comenzaron a volar de un sitio para otro y cientos de fuegos artificiales iluminaron la primaveral noche que cubría cual bóveda celestial nuestra existencia...

Luego pedimos algo más que no recuerdo muy bien, pues una ensoñación recorrió mi consciencia durante unos breves minutos. Creo recordar que fueron unas croquetas de cocido.

Llegó el arroz. Un caldoso de sepia sucia. Con explicación del camarero, diciendo que por supuesto la sepia se lava, pero que se le deja la tinta, para que poco a poco ensucie el arroz. Otra Turia y otra más, recorrieron mis vértebras. ¿Cómo está? No está nada mal. De poca burbuja y un color muy dorado. Muy bonita a la vista. Algo dulce para mi gusto (esto es personal)  y un toque amarguito al final. Aprueba.

¿Y el arroz? No soy de caldosos. Pero soy de arroces en Valencia. Estaba sublime. Sabroso. Sabroso. Muy muy potente. Con caldo muy potente. Mucho sabor a mar, la sepia inconmensurable. Las lagrimitas no dejaron de surcar mis mejillas, mientras iba cayendo poco a poco todo el contenido del puchero que nos pusieron amablemente.

Un café bien bueno. NO. Espera, excelente, sí, excelente. Y una cuenta que no asustó.

Un lugar absolutamente recomendable. No mucho si vas con niños. Imprescindible reservar y hablar de arroces antes de llegar. Es una de mis puertas al cielo de Valencia. Y tengo varias.

¡Gracias Emilio! En un cruel mundo inmisericorde, entrar en el cielo de vez en cuando, es no sólo requerido sino más bien imprescindible.

Volveré(mos).

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